El port de salvament

El port de salvament Antoni Puigverd

2019-02-03T22:47:15+00:0028 de gener, 2019|Articles d'opinió||

Acudió mucha gente, a la presentación de Catalanismo (ED Libros). La obra contiene 88 miradas sobre este espacio transversal, nervio de la historia contemporánea catalana, sin límites ideológicos. Suelo describir el catalanismo como un espejo roto (la metáfora es de Espriu, que Rodoreda recupera): aquel espacio en el que nadie posee la verdad completa, sino un pequeño fragmento de ella; y en el todos los actores son conscientes de que tan sólo sumando los fragmentos puede rehacerse el espejo catalán.

Después de la guerra, evaluados las gravísimas tensiones sociales vividas en el país, los resistentes antifranquistas organizados en la Assemblea de Catalunya practicaron un catalanismo de calidoscopio. Su visión del país incorporaba todo tipo de colores y componentes, sin exclusión alguna, buscando el mínimo común denominador que, naturalmente, implicaba la cesión mutua.

Partiendo de esta idea, “Portes obertes del catalanisme”, coeditora del libro, ha reunido visiones que abrazan el arco ideológico completo: derecha e izquierda, regionalismo, independentismo y tercera vía. Coincidentes o contradictorias, las opiniones de este libro esbozan la recreación del ágora catalán. La palabra ágora apela a la visión de un país en el que todas las posiciones se reconocen hasta llegar a consensuar el común denominador. El ágora contrasta con la visión de Catalunya como templo, que es la que ha dominado en estos años de procés. Una visión mística de la nación, que, inevitablemente, excluye a los que no la comparten. Una visión que impone dilemas, santifica unas posiciones y demoniza otras. En oposición a la experiencia emocional de adhesión (y de exclusión) propia del templo, está la visión escéptica e integradora del ágora. Pasqual Maragall lo repetía: “Catalunya es un ágora, no un templo”.

En los últimos años, el intercambio respetuoso y franco entre los catalanes no ha sido posible. El país ha quedado bloqueado por la lógica del blanco o negro, por la épica de las manifestaciones, la estridencia del con­flicto, el triunfo del propagandismo, la apoteosis de la ilusión, la fiebre nacional, el ­miedo de los que se sentían invadidos por el tsunami emotivo, la ola simétrica de las contramanifestaciones, la cristalización de la ­bipolaridad, la extremada e implacable dureza policial, la república retórica, la glacial respuesta jurídica del estado, la suspensión de las instituciones, el encarcelamiento preventivo de los líderes y el círculo vicioso del resentimiento: todos contra todos. Catal­anes contra catalanes, Catalunya contra el Estado, el Estado contra Catalunya… En ­estas condiciones no era posible el ágora ­catalán. La teología de las identidades se ha impuesto.

Ahora llevamos unos largos meses dominados por un extraño tedio. Por un lado, persiste la herida conmovedora que encarnan los presos, a punto de afrontar la fase oral del juicio. La emoción, sin embargo, tiene contrapesos: ERC ha expresado claramente la conciencia de los límites del independentismo. Hay un gobierno de la Generalitat que no está a la altura de la historia de la institución y que desconcierta hasta a sus votantes. Hay indicios de duda, en el ámbito independentista. Pero todavía no hay indicios de autocrítica. Menos habrá cuando el juicio inflame de nuevo los corazones.

En la acera opuesta, liderada por Ciudadanos, persiste un antagonismo estrictamente combativo, que niega al independentismo incluso la razón de ser, insensible a la suerte de los presos, determinado a destruir puentes más que a construirlos. Un antagonismo que no ofrece salidas al problema, muy al contrario: contribuye a mantener los bandos, a reforzar los templos patrióticos, a profundizar el choque de identidades, como si la regeneración catalana sólo fuera posible con el aplastamiento absoluto e inmiseri­corde de los independentistas. Es evidente que esta visión condena Catalunya al combate insomne, ya que el Estado puede reprimir el independentismo pero no extirparlo. No sólo no desaparecerá sino que seguirá siendo la minoría política más fuerte, mientras no se produzca un cambio de paradigma que permita a los independentistas instrumentales (que no sabemos cuántos son, pero han sido determinantes) elegir otras posibilidades de reintegrarse al consenso catalanista del mínimo común denominador.

Todo esto tardará mucho, sin embargo. El clima se inflamará durante el juicio; y en el horizonte español, hay indicios de durísima reacción uniformadora (Vox como pivote ideológico del futuro). Pero, si tenemos entre todos la cordura (¡y la fortuna!) de evitar que esta crisis política desemboque en la repetición de las típicas orgías fratricidas de la historia de España, seguro que van a crearse las condiciones para la recuperación del ágora catalán. De momento, en un contexto de desasosiego, polaridad y turbulencias, el catalanismo, sin pretender convertirse en alternativa ni en oposición a nada, podría encarnar para los catalanes de todas las ­tendencias la metáfora del Virolai de Ver­daguer: un port de salvament, un puerto de salvación.

 

‘El Port de salvament’, por Antoni Puigverd (La Vanguardia)